| Oro en el mar |
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Oro en el Mar
Oceanógrafo Guillermo Quirós
Es un fenómeno natural conocido, que los sedimentos son arrastrados por los ríos desde su naciente o desde sus riberas, hasta la desembocadura en el mar; donde luego son distribuidos a lo largo de decenas de kilómetros, llevados de una lado a otro por el vaivén de las corrientes marinas.
Cuando la desembocadura se encuentra en un área marina interior, tal como un estuario o bahía, los sedimentos quedan atrapados a una distancia menor. Si este cuerpo de agua donde descarga el río, es el Golfo Dulce, uno de los dos fiordos tropicales reportados en la literatura científica universal, la dispersión del sedimento es aún menor. Ello se debe a que en la boca del Golfo se tiene una barrera de 30 metros de profundidad media, comparada con la profundidades interiores diez veces mayores. Morfología muy diferente de aquella que prevalece en el Golfo de Nicoya. Por tal motivo, la energía incidente en forma de ondas y corrientes de marea, se amortigua rápidamente, provocando la conocida mansedumbre, así como una generalizada capa de agua marina sin oxígeno más allá de los 50 metros de profundidad, que sirvió a los submarinos alemanes en la segunda guerra mundial para refugiarse.
Esta morfología particular, ocasiona también que las corrientes interiores sean de baja intensidad, entre 0.1 y 1.0 cm/seg. cerca de la desembocadura de los ríos Tigre y Agujas, los cuales han arrastrado desde hace miles de años oro en suspensión desde las entrañas de la selva.
En la costa, el tiempo que dura una partícula de sedimento proveniente de tierra firme en depositarse en el fondo, es función de la intensidad de la corriente y de su diámetro. Las partículas de oro de más de 1 milímetro, en corrientes marinas con intensidades menores a 1 cm/seg., no son prácticamente arrastradas, si no que precipitan al fondo del mar. Las profundidades van de 10 a 50 metros, por tanto toneladas de material aurífero en suspensión en las desembocaduras, habrán precipitado muy cerca de la boca, tan solo arrastradas por las crecidas de los ríos en el invierno. Así es de esperar que este material se halle distante a lo sumo 500 m. de la desembocadura, esencialmente a bajas profundidades, donde es fácil extraerlo.
Lo mejor es que no es preciso botar los árboles milenarios ni la selva que se encuentra en la Península de Osa para encontrar el oro. Es suficiente instalar una planta en el litoral, en una zona de baja productividad biológica, contaminado por las empresas bananeras desde hace décadas; y mediante medios electromecánicos extraer el preciado material.
Son estos proyectos los que producen riqueza a nuestras comunidades costeras y no una actividad comercial de segunda categoría como la de Golfito, la cual genera más dependencia de las poblaciones marginales del Estado. Proyecto que debiera ser desarrollado por una empresa nacional con compromiso ambiental; el cual se convierta en fuente de riqueza y empleo en la cuenca del Golfo Dulce, una olvidada región de nuestra costa-rica.
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