El Pescador y Los Huracanes

El Pescador y los Huracanes[1].

Costa Rica se encuentra en la parte más angosta de América Tropical y su condición de istmo le aporta muchos beneficios, sobre todo en la regulación del clima, de los cultivos, de sus variados ecosistemas continentales y marinos, temperaturas moderadas y una adecuada precipitación. Sin embargo, también expone el territorio a eventos que pueden ser catastróficos: huracanes, maremotos y cambios en el ambiente, ligados a la variabilidad del Planeta. Entre estos últimos vale mencionar la liberación masiva de energía térmica, la tala del bosque, el mal manejo de residuos tóxicos, los procesos de desertificación africanos y en general los altos niveles de contaminación mundial.

Todos ellos deben ser considerados en su apropiada dimensión y consecuencias, con el propósito de disponer las previsiones necesarias que minimicen su impacto sobre la vida de los costarricenses, sobre las costas, los servicios públicos, las propiedades y la economía nacional.

Dentro de esta variedad de amenazas naturales, las cuales se intensificarán con el avance de la degradación ambiental globalizante, a repetida presencia de huracanes y tormentas tropicales en el Caribe Occidental, ha ocasionado en los últimos años frecuentes alarmas en la flota pesquera, en pueblos y ciudades costeras. Las cuales pasan habitualmente desapercibidas para la mayoría de los habitantes del Valle Central, al igual que decenas de interesantes fenómenos marinos nacionales.

El Huracán César de 1996 es un ejemplo ilustrativo, pues si bien sus efectos directos se sintieron sobre nuestra faja de tierra solamente en la madrugada del domingo 28 de julio, provocando desastres recordados, para los conciudadanos ligados a la vida marina, los problemas comenzaron el viernes 26 y se prolongaron hasta el miércoles 31. En esos días César atravesó Nicaragua y de sus cenizas nació Douglas (un fuerte ciclón del Pacífico de intensidad 3), a unas 400 millas al Oeste de la Península de Nicoya, generando olas de 8 metros de altura, tormentas y aguaceros cuya intensidad excedió diez veces lo acaecido en la Zona Sur -continental-. Allí estaban también un grupo de valientes costarricenes, luchando por “su pez nuestro de cada día”: aquello era increíble, el Aleta Amarilla -nombre del barco de 64 pies de eslora- se paraba de proa y se volvía a hundir unos 30 pies en cada salto....todo en el barco rodaba y rompía las amarras....los relámpagos duraron toda la noche... en mi vida había visto nada igual ...ni se lo deseo a nadie....- narró Iván, el joven y valiente capitán de un barco de la flota palangrera.

El sábado 27 a las 9 a.m., el 90% de la flota estaba en puerto o protegida en las islas o accidentes costeros. No obstante, tuvimos 4 emergencias, de las cuales resultó quebrado en sus cuadernas el Bipromar, ante el ímpetu de las olas. Un barco que se accidentó a 1.100 kilómetros de Puntarenas (la distancia a que se encuentra la Capital Mexicana), y el que pudo milagrosamente llegar a puerto con un 90% de sus bodegas llenas de agua, y una máquina dañada. Aquí otro héroe de sobrenombre “Rambo” se negó a dejarlo hundirse y se salió con la suya, aunque por poco perdemos a 5 costarricenes en un océano enfurecido por el efecto de César, quien se desplazaba a más de 1.500 kilómetros de distancia sobre aguas del Caribe.

En el océano, a diferencia de tierra firme, no hay montañas o valles que protejan del viento sostenido que sopla como consecuencia de la baja presión propia de un fenómeno natural de la envergadura de una tormenta tropical. Estos fenómenos naturales surgen de la interacción mar-atmósfera, tienen un diámetro de más de mil kilómetros y se alimentan de la energía cedida por el agua cálida de la superficie del océano. Y como la cuenca del Caribe Occidental es algo menor que su diámetro crítico, cuando atraviesan esa región, deben succionar energía del océano Pacífico, provocando marejadas desde la línea de costa hasta unos 1.500 kilómetros mar afuera, o sea, frente a Costa Rica, el país más grande de América Central, con unos 589.000 kilómetros cuadrados de ricos océanos, sobre los que no ejerce apropiada soberanía ni considera importante para su desarrollo....

Pero la ausencia del más básico sistema de prevención marina, no es barrera para que los valerosos costarricenses de la flota pesquera (valorada en unos diez mil millones de colones (1996) y la más desarrollada de la región), no arriesguen sus vidas para buscar el sustento, hayan o no huracanes por delante. Este pujante sector, produjo en exportaciones no tradicionales -durante el Año Niño del 95- de 25.000 millones de colones y continúa desamparado ignorando el país su importancia.

Por ello hemos propuesto a la Comisión Nacional de Emergencias, al Ministerio de Seguridad Pública, al Instituto Nacional de Seguros e INCOPESCA, una alianza estratégica con el sector privado pesquero, a través de esta Fundación, para establecer un 911-marino dirigido a nuestros abnegados compatriotas del mar y de las costas.

Confiamos que los siguientes huracanes del 96 nos den el tiempo suficiente para convencer a las instituciones referidas de su importancia.



[1] Guillermo Quirós, 1996.

 

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